jueves, 16 de abril de 2009

UNA DE VAQUEROS


_ Quizás sea tarde, pero aún tengo la pistola en el bolsillo.

_ Sonará trillado, pero pensé que te alegrabas de verme.

El hombre con la estrella de Sheriff no supo qué contestar y bebió de su whisky para que el vaso tapara su expresión y el alcohol cubriera su vergüenza. El escote prominente volvió a aparecer al bajar el cristal.

_ Ya he visto que sabes defenderte sola, ese piel roja ha estado a punto de entregarte la cabellera con pluma y todo.

El opulento indio miraba su fracaso desde el otro lado de la barra acompañado por la copa rechazada y la suya propia. Probablemente medio vacía.

El vaquero sacó despacio del bolsillo su revólver, con cuidado al moverse, como si aquella imitación barata pudiera vanagloriarse de disparar.

Como una ofrenda silenciosa en medio del atronador ambiente del bar, la pistola reposaba frente a la dama como señal inequívoca de amistad y bueno propósitos.

Las plumas que salían de su pelo se movieron por un momento y sus labios se apretaron debajo del carmín rojo en algo que él interpretó como una sonrisa.

El bravucón que todo hombre duro del Oeste debe llevar dentro ahorraba energías para el momento oportuno.

El colorido de aquellos volantes, los incitantes botines cubriendo sus tobillos y aquel escote que llamaba su atención en exceso harían tartamudear al más frío de los caza recompensas.

Las pestañas de la bailarina de cancán abanicaron el aire en su dirección y él supo que había llegado el momento. Un gesto al camarero y la suerte estaba echada.

¿Farol o no?

Esta vez la mujer no quiso contener la risa y el sheriff pudo verla antes de que se llevara su copa a los labios. ¡Listo! Mucho se tenía que torcer la cosa para que esta noche durmiera en el establo.

La bailarina formaba círculos con el índice alrededor del borde del vaso que, por algún milagro que el vaquero no perdería el tiempo en analizar, no presentaba manchas de carmín.

Aquel rojo que permanecía en los labios, era lo único que conseguía ver en aquel tugurio. El rojo y el escote.

Y decidió poner toda la carne en el asador.

La milésima de segundo que tardaron sus manos en acatar la orden de su cerebro fue suficiente para que su oportunidad se viera acuchillada por la espalda.

Acababa de aparecer en escena el Séptimo de Caballería. El azul de aquel uniforme humilló al brillo de su estrella de latón y a su abandonada pistola.

Todo un héroe experimentado con un brillo húmedo en los ojos de villano que acababa de ser engullido por el efusivo abrazo de la bailarina de cancán.

Adiós a sus expectativas, adiós al carmín y adiós al dinero de su copa… Era la última vez que se dejaba liar por los panfletos publicitarios de esos universitarios, las fiestas temáticas eran demasiado parecidas a la realidad.

7 comentarios:

  1. jajajaja, muy bueno!!
    Bienvenida al cuentacuentos!!

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  2. Estupendo cuento, bien narrado y final que, a pesar de lo frecuente, sorprende en el segundo giro :)

    ¡Nos leemos!

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  3. El giro del final estupendo, la descripción de los personajes y del lugar impresionante. Como siempre, Jane, un placer leerte.

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  4. Hola Angelica y bienvenida a Cuentacuentos!
    Y bueno he decir que nunca me habían llamado señora pero ya hay una primera vez :) aunq no creo haya muchas que se llamen carlos :p
    Es broma, además ninive invita a la confusión. Pero lo que no confunde sino agrada es tu relato con el sabor añejo al western de siempre.
    La amplitud de referencias, los personajes,crean ese sabor que causa cierta nostalgia con el giro final que pone broche a un gran estreno.
    Enhorabuena!

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  5. Angelical, un relato genial con un giro en el final cuando ya todos estábamos sumergidos en el lejano oeste, pensando en las casas de madera, el viento que remueve la arena y los abrevaderos a la salida del Saloon.
    Has esperado el momento justo para dejarnos descolocados.
    Y me encanta la foto, yo tenía muchos de esos de pequeño jajaja
    Un saludo y suerte en el concurso

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  6. Bien, pues lo añadimos al CETH Angelical.

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