lunes, 4 de mayo de 2009

LIBUSE Y EL SUEÑO DE PRÁH


Corría el siglo VIII en la tierra cuando las estrellas que brillaban en lo alto alumbraron el nacimiento de una niña especial. Su nombre fue Libuse y ante los ojos de todos los que la vieron crecer demostró su inteligencia y los rasgos más peculiares de su personalidad.

Libuse nació princesa. Su cuna vino al mundo noble porque su padre era Cech, el poderoso padre de la patria. Sin embargo no fue su ilustre alcurnia la que hacía especial a Libuse porque compartía su linaje con varias hermanas, por supuesto, tan princesas como ella.

Libuse, desde muy pequeña, encontró su lugar favorito en el mundo: la colina Vysehrad.

Sus juegos infantiles se enredaban con la vegetación de la zona, su risa cantaba con el rumor del río Vltava y aquel promontorio rocoso se fue convirtiendo en el compañero perfecto de la princesa.

Cuando alguien de su entorno le preguntaba porqué le atraía tanto aquel lugar, ella siempre contestaba lo mismo:

_ Es el mejor lugar del mundo para soñar.

Y aquella frase sencilla se acompañaba con un brillo tan profundo en su mirada que nadie se atrevió a dudar que Libuse se dedicaba a soñar en aquel lugar.

Y aquellos sueños acabaron ayudando a las gentes de su reino. Un animal extraviado, una invasión que acechaba silenciosa a alguna aldea indefensa… las dotes adivinatorias de Libuse comenzaron a demostrar lo especial de aquella muchacha y de aquellos sueños.

Un día, cuando la princesa había crecido hasta convertirse en una doncella, regresó al castillo de su padre después de haber contemplado un nuevo atardecer desde Vysehrad y corrió hacia el salón del trono donde Cech conversaba con el capitán de su guardia.

_ He visto en mi sueño al que será mi marido.

Su pequeña estaba creciendo. El rey sonrió mientras su mente repasaba a los príncipes vecinos porque si Libuse había visto quién debía ser su marido, Cech estaba completamente seguro de que el hombre reuniría las condiciones adecuadas para gobernar y para hacer feliz a su hija.

Su sorpresa llegó cuando Libuse indicó que lo encontrarían trabajando la tierra a los pies de Vysehrad.

Pero una vez más, la clarividencia de la princesa, acertó con la persona adecuada y Premysl se convirtió en su marido y la ayudó, y compartió las responsabilidades de su nobleza y aquellos sueños mágicos que acompañaban a Libuse.

Premysl estaba completamente enamorado y se desvivía por cumplir cada deseo de su esposa. Y para honrar el amor que sentía por ella le prometió construirle un castillo en el lugar que eligiera.

Allá arriba seguía subiendo Libuse. Para recrearse con los colores que manaban de su tierra, para perderse entre los olores que subían hasta Vysehrad. El río serpenteaba con sus brillos y el bosque semejaba una alfombra verde, tupida y frondosa a los pies de la colina rocosa.

Y allí, mirando su reino, supo dónde Premysl construiría el castillo prometido… y lo vio crecer hasta convertirse en una ciudad poderosa, una ciudad próspera y llena de vida… su ciudad.

Bajó de su lugar favorito en el mundo y habló a su marido del sueño que había tenido.

_ Cerca de aquí se creará una ciudad cuya fama y esplendor alcanzará las estrellas.

La princesa dio instrucciones sobre el lugar exacto dónde debería comenzar la construcción del castillo y, por muy extraño que pareciera el encargo, un buen grupo de súbditos, encabezado por Premysl, abandonó la seguridad de aquellos muros de piedra para encontrar lo que había soñado Libuse.

Peinaron el bosque sendero a sendero, escudriñando detrás de la maleza, inspeccionando cada claro que encontraban entre los árboles centenarios.

Y por fin, a orillas del río Moldava, encontraron al personaje que buscaban, tal y como había predicho la princesa.

_ El castillo deberá levantarse en el mismo lugar del bosque donde un carpintero está construyendo la puerta de su casa.

El pobre carpintero palideció al ver a tan numeroso grupo de hombres rodeando su posición y ante el temor de haber incumplido alguna norma que desconocía, se explicó ante Premysl con voz temblorosa y entrecortada.

Le contó que su esposa pasaba por la séptima luna del embarazo de su cuarto hijo y que, tan susceptible se encontraba, que cualquier ruido interrumpía su sueño y le crispaba los nervios, por lo que se había visto obligado a alejarse de la casa para terminar la puerta que sería el regalo para el recién nacido.

El príncipe rió a carcajadas al pensar que el mal humor de una mujer embarazada había determinado el emplazamiento del nuevo castillo.

En el aidioma de aquel reino, la palabra Práh significa puerta y ese fue el nombre que la princesa escogió para la nueva ciudad, porque como había visto en sus sueños:

_ Tal y como todo Señor baja su cabeza para pasar el dintel de su puerta, así, todos los Grandes de este mundo se inclinarán ante este magnífico castillo.

Hoy quizás nadie se acuerde de Libuse pero el nombre que escogió para su ciudad soñada sigue proclamando su recuerdo. Praga suena a lugar onírico, cargado de susurros de magia que hacen homenaje en cada esquina a quien le puso nombre.


* Inspirado en la leyenda sobre la fundadora mitológica de la ciudad de Praga.

3 comentarios:

  1. Y ya te dije en TL que era genial el relato de la leyenda ;)

    Besotes^^

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  2. Yo también quiero uno de estos días escribir alguna leyenda. Pero no sé de qué. Tengo que buscar la mía. También quiero visitar Praga. Jo, qué envidia me das.

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  3. ¿Envidia? la leyenda me la mandaron (reto) y a Praga no he ido ni en sueños jajajjaja

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