domingo, 26 de abril de 2009

GEMELOS


Quiso el destino azaroso, cruel y perverso convertir el seno de una madre en un crisol inexplicable de caracteres y aptitudes que ni el más sabio de los estudiosos ha sabido nunca dar esclarecimiento alguno.

De la misma simiente y del mismo seno vinieron dos hermanos gemelos tan dispares entre ellos como el musgo y la espadaña.

Igual que estas dos plantas sólo tienen en común el reino vegetal al que pertenecen, los hermanos sólo tenían como vínculo de semejanza personal: pertenecer a la especie humana.

Uno era todo un sátrapa, hombre sagaz dónde los hubiera que demostraba gobernarse con una astucia y una inteligencia que sobrepasaba el entendimiento de los sabios que lo estudiaban.

El otro personalizaba la otra cara de la moneda. Un ceporro, la persona más torpe e ignorante que pudiera imaginarse cualquiera. Hasta el habla era disonante, una verdadera cacofonía que se oía confusa e inarmónica frente a la combinación perfecta y elocuente de los elementos, de las palabras que su hermano usaba en su oratoria para transformarlas casi en arte.

Tal era la diferencia entre la utilización del seso de ambos, que hasta un simple diagnóstico médico se veía condicionado por semejante rareza: mientras uno padecía una vulgar diarrea, al otro le era diagnosticada con la palabra obradera.

Pero, a pesar de las diferencias abismales, lo que traía de cabeza a los sabios que se enfrentaban al caso, era que ambos hermanos disfrutaban de un contubernio perfecto, como si fueran dos piezas que encajaban a la perfección. Dos partes complementarias que formaran un todo sublime.

viernes, 24 de abril de 2009

UN MOMENTO PERFECTO


Inés miró la fotografía, algo turbia y borrosa y, como no, castigada por el paso del tiempo, teñida con esa pátina amarilla que cubre los colores para recordar que el blanco ahora es sepia porque todo pertenece al pasado.
Cientos de pequeñas líneas llenaban la imagen… las grietas del tiempo, la huella del olvido.
Sólo aquel recuerdo sobrevivía, recordando una fuerza paralizada en el papel, una historia que nunca llegó a ser, una fotografía en la que el tiempo había marcado las señales que ellos nunca vieron.
La mano de Inés tembló ante el contacto del papel amarillento. Tal vez por la emoción, tal vez por el peso de los años.
La imagen mantenía intacto el momento que había dejado de ser pero que una vez fue… con intensidad vivida, con la fuerza de una juventud que, inconsciente, no piensa que un día dejará de ser. El deterioro no ha sido capaz de restar brillos a sus miradas, de arañar la determinación de su forma de verse, porque en aquel momento paralizado en el tiempo habían aprendido a verse sin mirarse siquiera, sin temor al tiempo que acabó separándolos, a los porqués que acabaron torturándola, al mundo que los acabó olvidando.
Aquel instante se evaporó y ahora ya no quedan lágrimas para llorar lo que no vivieron.
El momento había sido perfecto y, sin embargo, el beso esperado nunca llegó.
Inés miró alrededor buscando todos aquellos retazos de su propia vida. Los juguetes de su infancia, las cartas de su adolescencia, la ropa de su juventud… y después… su traje de novia, la cuna donde habían dormido sus hijos, los trastos que atesoraba desde la muerte de su marido.
Allí estaba la huella de todo lo que había tenido pero lo testarudo de su vejez se empeñaba en embelesarse con aquella foto amarilleada: el recuerdo del beso que nunca tuvo.

jueves, 23 de abril de 2009

ALMA Y PAPEL


Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas... y ahora iban llenando el blanco de aquel papel mientras su alma se vacía.
Emociones transportadas en la tinta que forma renglones donde antes sólo había silencios.
Palabra tras palabra. Emoción tras emoción.
Papel escrito. Alma vacía.

Y mañana, cuando vuelva a enfrentarse al acto de crear, echará de menos el sentirse huero y sentirá que las palabras se alejan de su pluma, dejando en el aire la incertidumbre ante su regreso.
Papel escrito. Alma vacía.

lunes, 20 de abril de 2009

EL HOMBRE MÁS SOLO DEL MUNDO.


El agapornis se alejó volando. Inseparables los llamaban. Otra mentira más.

La vida resultó ser una vieja envuelta en una toquilla que, cuando te enfrenta, te enseña su cara fea y poco amable.

Y ahora estaba allí, en medio del bochinche cotidiano de la ciudad... un gaznápiro desubicado. Se sentía como si fuera un monaguillo experimentado en medio de una tierra donde Cristo era un ser desconocido; el último actor suplente en la representación de su vida: una bufa, más que una ópera dramática.

Sobre el fuego del hogar el agua rompió a hervir. La infusión de tila no le serviría de mucho, no mientras el espejo que había sobre la vieja estufa le devolviera su imagen: el retrato del hombre más solo del mundo.

jueves, 16 de abril de 2009

UNA DE VAQUEROS


_ Quizás sea tarde, pero aún tengo la pistola en el bolsillo.

_ Sonará trillado, pero pensé que te alegrabas de verme.

El hombre con la estrella de Sheriff no supo qué contestar y bebió de su whisky para que el vaso tapara su expresión y el alcohol cubriera su vergüenza. El escote prominente volvió a aparecer al bajar el cristal.

_ Ya he visto que sabes defenderte sola, ese piel roja ha estado a punto de entregarte la cabellera con pluma y todo.

El opulento indio miraba su fracaso desde el otro lado de la barra acompañado por la copa rechazada y la suya propia. Probablemente medio vacía.

El vaquero sacó despacio del bolsillo su revólver, con cuidado al moverse, como si aquella imitación barata pudiera vanagloriarse de disparar.

Como una ofrenda silenciosa en medio del atronador ambiente del bar, la pistola reposaba frente a la dama como señal inequívoca de amistad y bueno propósitos.

Las plumas que salían de su pelo se movieron por un momento y sus labios se apretaron debajo del carmín rojo en algo que él interpretó como una sonrisa.

El bravucón que todo hombre duro del Oeste debe llevar dentro ahorraba energías para el momento oportuno.

El colorido de aquellos volantes, los incitantes botines cubriendo sus tobillos y aquel escote que llamaba su atención en exceso harían tartamudear al más frío de los caza recompensas.

Las pestañas de la bailarina de cancán abanicaron el aire en su dirección y él supo que había llegado el momento. Un gesto al camarero y la suerte estaba echada.

¿Farol o no?

Esta vez la mujer no quiso contener la risa y el sheriff pudo verla antes de que se llevara su copa a los labios. ¡Listo! Mucho se tenía que torcer la cosa para que esta noche durmiera en el establo.

La bailarina formaba círculos con el índice alrededor del borde del vaso que, por algún milagro que el vaquero no perdería el tiempo en analizar, no presentaba manchas de carmín.

Aquel rojo que permanecía en los labios, era lo único que conseguía ver en aquel tugurio. El rojo y el escote.

Y decidió poner toda la carne en el asador.

La milésima de segundo que tardaron sus manos en acatar la orden de su cerebro fue suficiente para que su oportunidad se viera acuchillada por la espalda.

Acababa de aparecer en escena el Séptimo de Caballería. El azul de aquel uniforme humilló al brillo de su estrella de latón y a su abandonada pistola.

Todo un héroe experimentado con un brillo húmedo en los ojos de villano que acababa de ser engullido por el efusivo abrazo de la bailarina de cancán.

Adiós a sus expectativas, adiós al carmín y adiós al dinero de su copa… Era la última vez que se dejaba liar por los panfletos publicitarios de esos universitarios, las fiestas temáticas eran demasiado parecidas a la realidad.

martes, 14 de abril de 2009

UNA PAREJA EXTRAÑA


Siempre se habían considerado una pareja extraña.

Incluso ahora que ya no estaban juntos. Ya no compartían sus vidas, sólo les quedaba un pequeño vínculo al que recurrían una vez al año.

Dejaron de creer en promesas eternas, en la existencia de las almas gemelas… y eso era, precisamente, lo que los mantenía firmes a la hora de cumplir con aquel ritual.

Un rito de protesta para demostrarle al mundo las mentiras que se ocultaban detrás del rojo San Valentín.

Año tras año, ellos prescindían de esa víscera que late, al que los demás vinculan el roce de la piel. De esa sensación en el estómago al que todos ponían el nombre equivocado. Aquellas dos palabras, para ellos, estaban prohibidas.

Para ellos la celebración de San Valentín se reducía a un encuentro sexual. Año tras año, cita tras cita. Sólo sexo.






viernes, 10 de abril de 2009

LA REINA DEL BAILE


Soñó con ser la reina del baile, soñó con ser escoltada por su presencia a lo largo de los años... a lo largo de sus sueños.

Ahora entona una triste canción que acompaña a las flores que le ofrece.

Un golpe despiadado, un destino feroz que lo apartó de su camino, cambiando sus besos por lágrimas y su flamante existencia por un nudo perpetuo que asfixia su garganta.

Deja las flores en el suelo y con ellas van su alma y su vida. Una vida que se ha transformado por entero, reduciéndose a visitar lo que quedó de su pasado feliz.

El cómputo de sus recuerdos la lleva todos los días a hacer el mismo recorrido, convertido en toda una costumbre.

Lleva años alternando lágrimas y gemidos con suspiros que lamentan lo que nunca llegaron a compartir.

Desea esfumarse como se esfumó toda su vida llorando a aquel hombre.

Sin fuerzas para organizar un final que concluyera aquel cansancio, ha pasado cuarenta años arrodillada frente a una lápida convertida en refugio de su dolor.

Volvió a soñar con ser la reina del baile, volvió a soñar que todo lo había soñado, volvió a soñar con su amor, volvió a soñar con un final en el que no aparecieran flores. . .

domingo, 5 de abril de 2009

ROMANTICISMO ANTICUADO


“ El corazón le palpitaba deprisa al sentir la mano que le acariciaba incansable y suavemente.”

Verónica miraba la lluvia cayendo y recordaba las miles de frases que había leído entre las páginas de aquellas novelas antiguas.

Aparecieron en su vida de pronto, encerradas en una caja polvorienta que su madre había recuperado de entre sus tesoros de juventud.

“ La cogió de la mano y de un tirón la hizo caer sobre su pecho.

_ Vamos a bailar. “

Aquellas escenas se continuaban en sus sueños y Verónica se veía protagonista de aquellos amores.

“ Sentía la boca varonil aplastada contra su pelo, y temblaba de pies a cabeza entre sus brazos sin poder dominar sus emociones.” “ Seguía teniendo los dedos femeninos entre los suyos y apreciaba su imperceptible temblor.” “ Mirando a Nadya. Pensó que ella despertaba en él un afán extraño y exigente de crecerse, de conquistar un mundo para podérselo ofrecer.”

Verónica se preguntaba si podía existir algo parecido fuera de aquellas páginas. Las frases que la hacían soñar ni siquiera se usaban ahora, ya no estaban de moda como para que merecieran aparecer en novelas actuales.

Ella las veía románticas, sus amigas las tachaban de cursis y los escritores modernos parecían no verlas.

A Verónica le traían sin cuidado las opiniones del resto del mundo, nadie la haría cambiar su forma de imaginar el amos, de sentir cada una de aquellas palabras.

“ _ Amada mía _ murmuró _ amada mía ...

Y así, muy quietos en el bosque silencioso por cuyo ramaje se filtraban como haces de oro los rayos del sol primaveral, permanecieron los dos, unidas las bocas en la eterna y callada comunión de las almas.”

Sabía que era difícil, pero se negaba a pensar que fuera imposible. Entre tanto muchachito con las hormonas en plena ebullición, debía encontrarse al menos uno que, al crecer, se convirtiera en la figura de uno de aquellos protagonistas apasionados.

Esperaría. No tenía porqué conformarse con menos.

Las historias que leía hablaban del AMOR con mayúsculas y ella se lo merecía, por mucho que su generación se esforzara en gritar lo anticuado de aquel comportamiento.

“_ Ni un solo instante he dejado de quererte. ¡Eres la vida entera para mí¡ Te necesito.” “ _ Nada es para mí tan malo como verme privado de ti, pase lo que pase, tú serás mi mujer. “

Escuchar aquellas palabras susurradas al oído debía ser algo mágico y era algo a lo que Verónica no estaba dispuesta a renunciar por muy absurdo que le pareciera al resto del mundo.

Esperaría.

Mientras, se conformaría con soñar.

Nota: Las frases en cursiva están sacadas de novelas reales de Carlos de Santander, escritas en los sesenta y pertenecientes a una colección llamada Carola.