viernes, 28 de mayo de 2010

DIEZ AÑOS TARDE


Llegó a mi puerta a eso de la media noche, arrancándome del sueño en medio de un sobresalto que me hizo agradecer mi buena salud cardiaca.
La mano con la que había aporreado la puerta caía inerte, paralela a su cuerpo, la otra permanecía en el interior de su bolsillo por lo que la imagen de tranquilidad que me encontré contrastaba claramente con el sobresalto que yo aún llevaba en el cuerpo.
Su aliento delataba las tres copas que habría apurado y sus ojos las horas de sueño que le había robado a la noche. La voz de su saludo me sonó antigua, rancia, como un cuarto cerrado que acabara de abrirse para ser aireado después de mucho tiempo.
Mi mente trataba de buscar las diferencias entre aquel hombre y un espectro privado de descanso eterno pero, tal vez por lo sorprendente de la visita o por lo inadecuado de la hora, no conseguí llegar a una respuesta convincente fuera de la certeza completa de que mi vida acababa de sufrir un giro irreversible.
Mis dudas se disiparon ante su primer movimiento: el roce de su mano sobre la mía (que seguía aferrada a la puerta como si fuese lo único real a lo que poder agarrarme).
El peso de la melancolía se posó en mis hombros y los recuerdos que creí haber dejado atrás me hicieron apartarme a un lado para dejarle entrar en la que un día había sido su casa. En el momento en el que cerré la puerta me visitaron 10 años de errores y de ausencias que tomaron asiento en el sofá de mi salón.
El silencio, que ninguno se atrevió a romper, golpeó las paredes antes de mantenerse flotando sobre nuestras cabezas como una losa que nos amenazara desde el techo. Aquel tiempo vacío de palabras me permitió pensar en lo absurdo de la situación y de mi reacción ante ella… le había abierto la puerta en mitad de la noche y lo había dejado entrar en mi casa, en mi vida…
_ Te debo una explicación.
_ No quiero explicaciones, ya no las necesito.
¿Quién necesitaba explicaciones a estas alturas? Llegarían diez años tarde y, seguramente, sonarían a excusas no a razones.
Como si de mi propia muerte se tratase, las imágenes de lo que había sido el final de nuestra relación empezaron a plasmarse en mi mente con una claridad dolorosa: las tardes desperdiciadas en peleas inútiles, las noches perdidas entre reproches, las sospechas que aparecían durante el día, la confirmación de todos los temores en cuanto caía la noche, las mentiras descubiertas, las verdades escupidas a la cara… y al final: nada.
_ Necesito explicarte porqué me fui.
_ No te fuiste, desapareciste _tuve que luchar con el recuerdo de aquella despedida que nunca existió, el recuerdo del armario vacío y de lo frío de una cama que no se comparte_ Has necesitado diez años para encontrar palabras que expliquen algo que ambos sabíamos pero ¿sabes? Ya no quiero oírlas… entonces quizás nos hubieran ayudado pero ahora no servirían de nada. Elegiste el silencio absoluto como alternativa a la vida que tenías y me he acostumbrado a él de tal manera que no me apetece romperlo, es más, he construido mi vida alrededor de ese silencio y no permitiré que nada haga peligrar lo que he conseguido recomponer.
La misma falta de reacción que permitió que le abriera la puerta, se apoderó de sus manos, de su aliento y de sus pasos, empujándolo fuera de la que había sido su casa, de la que una vez fue su vida.
Cerré la puerta tras él y volví a mi cama para disfrutar del silencio que llenaba mis noches desde hacía diez años.

4 comentarios:

  1. Buen relato. Una elipsis de diez años de vida en un solo momento de la noche.

    Un saludo

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  2. El umbral de un adiós.
    A un lado un momento en medio de una vida, a otro una vida que termina en un momento. Llegó tarde hace tiempo.

    Muy buena narración!

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  3. Una clave,creo,para salir de estas situaciones y no volver es sin duda,jamas,pero jamas entregar la tutoria de nuestra vida a nadie.Amar siempre,ser una pertenencia jamaaaaas.

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