sábado, 10 de julio de 2010

LA MUJER DEL PARCHE


Siempre me acompañó en la intimidad de mi cuarto, mirándome impasible desde la pared, como si ninguno de mis movimientos se escapara a la vigilancia de su único ojo.

Era una colorista interpretación del famoso retrato de la princesa de Éboli. Eso sí, una versión muy, muy libre ya que el autor tuvo la osadía de pintarla con colores estridentes, al más puro estilo Warhol. Por alguna razón, que nunca conseguí explicarme, mi madre pensó que aquella gama de bofetadas cromáticas quedaría perfecta en la decoración de mi dormitorio y el cuadro acabó rescatado de algún museo de monstruosidades para dar el toque de color en el desorden de un adolescente que no acababa de pillarle el punto a aquello del arte moderno.

Nunca me gustó pero, de alguna manera absurda, me recordaba a mi tía Encarna por lo que soportaba su presencia como una muestra de afecto hacia mi tía preferida.

Encarna era una mujer peculiar. Le gustaba enfundarse en ropas poco femeninas y perderse en la profundidad de algún coto privado con la única compañía de una escopeta. Su casa parecía un museo, estaba llena de animales disecados que te miraban fijamente y que daban la sensación de que se abalanzarían sobre los visitantes de un momento a otro.

No todos pueden presumir de una tía cazadora y eso la convirtió en mi tía preferida; mientras mis amigos contaban como las mujeres de sus familias chillaban y corrían ante la presencia de un diminuto ratón, yo me llenaba la boca enumerando los trofeos de caza que conseguía la valiente de mi tía.

La dureza caricaturizada de mi colorida princesa de Éboli concentrándose en su ojo sano, era la misma que yo le suponía a la tía Encarna cuando apuntaba a través de la mira telescópica y por eso la mujer del parche y mi tía siempre tuvieron algo en común aunque, de momento, sólo fuera percepción mía.

El día que me desprendí del cuadro, estaba seguro de que no extrañaría en absoluto a aquella mujer que me miraba con un solo ojo.

Fue mi regalo para la tía Encarna el día en que un desafortunado accidente cinegético la dejó sin su ojo derecho. Fue una especie de tributo a esa semejanza que yo siempre presentí y que, de alguna manera, el destino se encargó de realizar.

El vacío que dejó en la pared fue llenado por un póster de Eva Longoria que, por desgracia, no me recordaba a ninguna mujer de mi familia.

1 comentario:

  1. A mí los cuadros de la princesa de Éboli siempre me han llamado mucho la antención. Tiene algo misterioso. y luego si lees su historia su encanto y enigma crecen.

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