viernes, 2 de julio de 2010

TARDES DE SÁBADO



SÁBADO. 17 horas.


Un sábado más. La hora de costumbre y ella vuelve a estar donde siempre.
El mismo parque, el mismo banco, la misma mujer, la misma hora… sábado tras sábado la espera es la misma.
Observo desde lejos intentando descubrir lo que mantiene el equilibrio entre ella y el entorno, pero no hay nada que anuncie el motivo, el porqué para la rutina que ha impuesto a esas tardes.
Al principio pensé que era tan solo el producto de una casualidad, yo buscaba un personaje ofendido por el tiempo y ella era el retrato de lo que yo había esperado encontrar.
Su cabeza, sus hombros, su vestido de flores… todo aparecía ante mí de una forma extraña pero nítida, sin dejar lugar a dudas, salvo para mi parte racional, que se esfuerza en buscar excusas para no creer.
Su quietud es una imagen que rompe con la bulliciosa vida de alrededor. En torno a ella juegan niños, pasean jóvenes, charlan parejas maduras y hasta un par de jubilados discuten por un movimiento de ajedrez.
Hasta el árbol que la cobija en su sombra parece disfrutar más que ella de la vida que los rodea. Ella se limita a dejar pasar el tiempo.
Ha vuelto a hacerlo… interrumpe su quietud y se levanta del banco. Las seis en punto de la tarde.
Sus pasos son tranquilos, no arrastran prisas. Con movimientos serenos se aleja hasta desaparecer de mi vista.
En el fondo, sabía que hoy tampoco reuniría las fuerzas para abordarla… cogeré el camino de vuelta a casa y volveré el sábado que viene.
Después de todo, no tengo claro cómo contarle quién soy y que relación guardo con su vida.
¿Y si no quiere escucharme? Soy la prueba de que el desenlace de la historia no es el que esperaba, o al menos no es el que ella hubiese querido vivir.
Tal vez prefiera seguir esperando su sueño. Si aparezco y le hago ver que espera por un imposible… tal vez el dolor sea peor que la espera inútil.
Cuando la miro no me parece una persona triste, quizás está aferrada a esa esperanza y remover antiguas heridas la haga hundirse en una tristeza que ahora no siente.
Oculto tras mis gafas de sol lanzo una mirada al cielo.
_¡Menuda faena me dejaste!... estés dónde estés.
Con mis ganas de cumplir una promesa guardadas en el bolsillo, camino siguiendo un vestido estampado con flores que se confunde con el colorido de alrededor, y que acompaña su paseo con una sonrisa perpetua, casi asumida sin pensarla, y unos ojos mirando siempre al frente, viejos, cansados y empeñados en ver algo que su mente lleva años imaginando.
En su mirada se adivina la grandeza de sus recuerdos. Es como si su mente se hubiera parado en aquel momento de sus vivencias, como si no hubiera ni un antes ni un después, todo lo que quiere vivir es aquel preciso instante y aquella espera en el parque es la consecuencia inmediata.
Ahora identifico a esta mujer con aquella otra dama, la protagonista de la eterna espera en la historia que mi abuelo escribió a lo largo de su vida.
Las últimas visitas a este lugar me lo han dejado claro, nunca conseguí mirar más allá de lo que sus palabras contaban, no supe ver en sus ojos… y ahora ya es tarde para decirle que por fin lo entiendo y que en homenaje a sus recuerdos trataré de reunir fuerzas para contribuir a su sueño y ponerle un punto y final a la historia que nunca llegó a vivir.

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho la historia pero mas aun como la planteaste, no sé expresarme pero extraes tantas posibilidades de ese silencio, del tiempo que dura esa rutina desapercibida.
    Pudiera ser hasta la misma muerte la narradora, pero me quedo con el sueño que alberga en su mente un sabado por la tarde.

    Enhorabuena!

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