lunes, 20 de diciembre de 2010

LA EXCEPCIÓN


Pedro y Quique eran amigos desde la infancia, los mejores amigos desde que se vieron. Sus vidas quedaron impregnadas de una complicidad inexplicable que hacía que, incluso, las cosas que les pasaban fueran las mismas.
Si Quique tropezaba, no pasaba ni media hora antes de que Pedro también tropezara. Lo mismo pasaba con las pisadas involuntarias a las cacas de perro, los enganchones en las matrículas dobladas de los coches o las manchas de tinta con bolígrafos que se estropeaban.
Pero esta extraña unión no les pasaba sólo en situaciones tan cotidianas, vivieron esa complicidad en el colegio, al ser cogidos in fraganti con las chuletas como cuerpo del delito, en el instituto, cuando catearon por las mismas causas el carné de conducir… en la universidad, en realidad, tuvo lugar la única excepción en sus desdichas compartidas.
Antes de pasar a ella, debo comentar que siempre hubo una  pequeña (bueno, a veces no tanto) diferencia en el entorno en el que les sucedían las cosas. Pedro siempre tuvo más público.
Cuando Quique tropezaba lo hacía en medio de un descampado con la sola presencia de su amigo, cuando le llegaba el turno a Pedro ya estaban en el centro comercial rodeados de gente. Si a Quique se le rompió el pantalón en medio de la clase de gimnasia, a Pedro le pasó en medio de la cafetería en plena hora punta. La diferencia de público siempre había sido notable, por eso la excepción, cuando aún no sabía que lo era, le hizo temblar pensando en lo que se le vendría encima. No sintió temor por su amigo, que hubiese sido lo correcto, sino por él mismo y la diferencia que, valga la redundancia, siempre los había diferenciado.
Ocurrió el día en el que se celebraba la graduación de la facultad. El acto oficial había terminado y los cientos de personas asistentes disfrutaban del catering en el salón.
El ambiente se había alegrado (quizás demasiado) por el alcohol, y la timidez fue venciéndose hasta que dio paso a las salidas de tono.
Envalentonados por el aire festivo de la situación, los audaces se fueron turnando en el escenario, micrófono en mano, para recibir los aplausos, las risas y los abucheos de los testigos a su elocuencia atropellada por las tonterías.
Y le llegó la hora a un achispado Quique dispuesto a contar las anécdotas más desternillantes de aquellos años.
Se oyó una voz alegre:
—Aquí tienes una más que contarle a tus nietos.
Y sucedió. De un tirón decidido, los pantalones y el calzoncillo de Quique acabaron en sus tobillos, mientras sus manos se aferraban al micro ante los más de 500 ojos que llenaban el salón.
Esa fue la excepción. El motivo que hizo que Pedro temiera por su suerte y permaneciera una semana encerrado en su cuarto. Pero nunca había sucedido. Era como una especie de excepción que confirmaba la regla y Pedro se alegraba por ello cada vez que pensaba en la complicidad que los mantenía unidos.
Era la excepción… o al menos, eso pensaba cuando lo admitieron como concursante en la casa de Gran Hermano.

 ** Este texto fue inspirado en la frase: "La estupidez de tu acción es directamente proporcional al número de personas que te esté viendo en ses momento" de la archiconocida Ley de Murphy.

6 comentarios:

  1. jajaja. me temo k el xaval se kedaria sin su excepcion xDDD vamos al proximo casting Angelical!!!! >___< xDDD

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  2. Quita, quita no aguanto yo lo que meten últimamente en GH ni jarta vino jajjajjaja me veo saltando la tapia de Guadalix cual spiderman choquero XDDDD

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  3. Una de momento-Operación-Aceituna =D
    Vamos todas!! xDDDDD
    (no)

    Pobre hombre, me ha dado la risa pensando en Pedro cuando el otro se baja los pantalones...

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  4. ¿A que acabamos convirtiendo esto en un punto de encuentro para los castigs? jajajjajjaja
    ¡¡¡Tiembla Milá !!!!!

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  5. Empiezo a leerlo y pienso: ¡esto me suena de algo...! y claro ya lo sé, de la travesíaaaaa

    Pues yo encantada de que os presenteis al casting oiga, os voto y os defiendo a muerte por los blogs si hace falta :P

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