domingo, 28 de marzo de 2010

DOS HORAS DESPUÉS DE LO DEBIDO


El despertador volvió a quedarse dormido. Se levantó del colchón donde, una vez más, el sueño le había ganado la partida. Los apuntes para el exámen ponían el grito en el cielo desde el desorden del suelo de su habitación.

La verborrea de su madre sonaba desde detrás de la puerta y en cuanto adoptó aquel tono, tan militar como familiar, supo que no tendría lugar al que huir , no existía plaza ni refugio tan alejado, ni escondite en el subsuelo lo suficientemente profundo como para impedir que la ira de su madre lo alcanzara.

Sin decidirse a abrir la puerta, sus ojos se perdieron en la pintura que ocupaba casi la totalidad de la pared, la misma que brillaba en la pantalla de su ordenador cuando dejaba que su monitor descansara de chats.

La voz de su madre resonaba en el pasillo:

_ 40 años, 40 años y te duermes el día de las oposiciones ¿Cuando vas a madurar?

No abrió la puerta, sentía su vida tan abstracta como aquel cuadro en el que se perdían sus ojos.

lunes, 22 de marzo de 2010

LAS PRISAS


Tic tac, tic tac, tic tac... el ritmo del reloj le aceleraba el pulso y no le daba tregua, aquel constante martilleo de sus sienes se contagiaban de aquel ritmo enfermizo y le impulsaba a no dejar de correr.

Pasos acelerados que no dejaban lugar a dudas, ritmo frenético en el interior de aquel pequeño cuerpo. Sus cortas piernas marcaban un avance precipitado, mecánico, guiado sólo por las prisas y el afán de no llegar tarde. Nunca se había permitido ser imputual, era como un impulso inherente a su personalidad, ni siquiera se planteó nunca las consecuencias que pudiera tener aquel suceso porque, simplemente, nunca se lo había permitido.

Tic tac, tic tac, tic tac... por fin alcanzó la puerta y, ni aún así se permitió un respiro. El conejo blanco siguió adelante con su sombra prendida al sonido del reloj.

lunes, 15 de marzo de 2010

LA GALERÍA


Miró de frente, intentando entornar los ojos para captar aquello que no lograba ver. Avanzó un paso más, retrocedió tres en cuanto vió que no había sido una buena idea. Las luces no es que ayudaran mucho, la iluminación de aquella estancia no estaba pensada para aportar luz sino para realzar la espectación del que miraba.

Doblaba la cabeza sin darse cuenta, en un baile absurdo que buscaba la perspectiva perfecta. Sus ganas no se rindieron. Intentó encajar colores, asimilar formas, unificar contrastes, matizar brillos y contrastar direccionalidades. Tanto esfuerzo para nada. No conseguía ver nada concreto.

Releyó el folleto explicativo, suspiró profundamente y se rindió ante la evidencia. Nunca entendería lo que llamaban arte moderno.

viernes, 5 de marzo de 2010

INVIERNO// VERANO


Invierno 2009

Calle Pereira. Número 36. Allí estaba una noche más. Con su abrigo empapado bajo una lluvia insistente que, sin embargo, no conseguía mojarlo por dentro para que el agua arrastrara sus miedos, sus dudas y su culpa.
Un año entero le había costado reunir el valor suficiente para dar aquel paso y ahora su decisión se le revelaba insuficiente para hacer el último movimiento, ese que le liberara de una vez por todas con el perdón definitivo.
La calle se llenaba con el ruido característico del avance de los coches sobre el asfalto mojado. Transeúntes abrigados y protegidos por paraguas aceleraban sus pasos al pasar junto al desconocido que, completamente inmóvil, desafiaba los rigores de aquel invierno con la mirada clavada en la luz que despedían las ventanas del tercer piso del número 36 de la calle Pereira.
Había desafiado al relente, ese que te cala sin que te des cuenta, al frío, ese que traspasa la ropa y se aloja en tus huesos, a la lluvia, esa que llora la inutilidad de tus propias lágrimas y todo ¿para qué? Para demostrarse a sí mismo que era un cobarde sin remedio. Que lo que llevaba un año quemándole por dentro amenazaba con permanecer en el estatus de palabras silenciadas.
Un coche pasó demasiado cerca y el agua despedida se sumó a la que ya escurría de su abrigo.
No estaba allí buscando nuevas oportunidades, era consciente de que había perdido todo el derecho a reclamarlas. No merecía una segunda oportunidad y lo sabía. Sólo quería pedirle perdón, aunque aquella palabra no recompusiera todo lo que habían perdido, aunque la recibiera como una palabra vacía, innecesaria, inútil.
Él necesitaba sacarla de adentro y gritarla. Hacerle saber que sentía todo el daño que le había causado, que lo que más le dolía de su equivocación no era la soledad en la que se encontraba sino la certeza de haberla herido.
Ni siquiera se había planteado el que ella aceptara sus disculpas, sólo sentía la necesidad de que aquel “lo siento” tomara forma de palabras sonoras y le dejara conciliar el sueño.
El cielo le dio una tregua y dejó de llover. Las luces del tercer piso del número 36 de la calle Pereira se apagaron. Una oscuridad que se sumaba a la de aquella noche de invierno en la que su cobardía aún escurría junto al agua de su abrigo.
Respiró hondo, cerró los ojos durante un breve instante y buscó el valor en el fondo de su alma mientras su dedo, tembloroso por el miedo en vez de por el frío, se arrepentía antes de pulsar el botón del portero automático correspondiente al tercer piso del número 36 de la calle Pereira.

Verano 2008


Nunca había creído en los flechazos, al menos, no cuando se encuadraban fuera de la fe absoluta de la adolescencia y él pronto cumpliría los 30.. Pero esa era su forma de pensar hasta que apareció ella.
Después de su sonrisa, de su mirada descarada y de su modo alegre y despreocupado de ver la vida, su mundo dejó de ser lo que era para convertirse en un torbellino de colores que formaba cuadros abstractos ante su vista, en una sinfonía de notas desenfadadas que lo hacían bailar al son que ella marcaba.
En medio de aquel calor propio de Julio, todo lo que no perteneciera al entorno de su sonrisa acabó fundido por el sol para desaparecer de sus prioridades.
Se olvidó de sus obligaciones, de sus responsabilidades y hasta de sus derechos. Sólo le importaba ella y el mundo que le ofrecía. Una sola palabra hacía que deseara bajarle la luna del cielo, una lágrima humedeciendo su pestañeo y anhelaba que parara el mundo para que ella pudiera bajarse y poner distancia con sus penas.
Durante tres meses, vio a través de sus ojos, pensó a través de su mente pero, aunque sólo lo descubriría después, sangró sólo a través de sus propias heridas.
Locura de amor… ¿de amor? Aquello no era amor pero, el día que hizo las maletas y abandonó el tercer piso del número 36 de la calle Pereira, aún no lo sabía.
No comprendió hasta más tarde que había mil veces más amor en las lágrimas que dejaba tras aquella puerta que en todas las promesas de felicidad que se hicieron bajo el calor del sol encandilados por una sonrisa.
Entonces no sabía que ella desaparecería de su vida de la misma manera en que apareció en ella. De repente. Sin aviso.
En cuanto el verano se fue y su calor pasó a ser sólo un recuerdo agradable, recuperó el control de sí mismo, de su vida, comprendió todo lo que había perdido al cerrar aquella puerta del tercer piso del número 36 de la calle Pereira.