viernes, 30 de julio de 2010

SE DEJÓ LLEVAR


_¿Bailarás conmigo un último vals?

Nunca supo si aquella frase fue pronunciada en serio o sólo trataba de arrancarle una de sus últimas sonrisas pero, a partir de entonces, sus horas de sueño inducido se llenaron de notas musicales y pasos de baile.

Sus momentos alejados del dolor, se perdieron entre telas vaporosas que giraban al compás y una mano agarrada a su cintura que conseguía que fuera capaz de flotar, etérea, irreal… por una vez en su vida se dejó llevar.

Aquella frase le regaló el final que necesitaba, un acabar acompasado, al ritmo de su vaivén, soñando con melodías compartidas que la alejaron de una realidad arrítmica. Se fue sintiendo sus manos en la cintura, girando en un baile imaginado al que le quedaron pequeñas todas las partituras inventadas. Se dejó llevar.

martes, 27 de julio de 2010

ESPERANDO A LA TORMENTA


La carretera serpentea en medio de ninguna parte, sin un destino concreto, como si se tratase de una línea descontrolada dibujada por una mano infantil. A ambos lados de su trazado, la regularidad del terreno se ve salpicada de matojos cuya única utilidad es dejarse azotar por el viento salado y secarse al sol para aportar un matiz diferente a la uniformidad que los rodea.

En el horizonte, el cielo se confunde con la tierra, porque cuando la tormenta se acerca amenaza a todos por igual: a los cielos, a las tierras, a los mares, a los vientos… todos quedan pintados con el mismo color gris, húmedo, triste y monótono.

El coche es un punto insignificante en el paisaje, una anécdota fugaz que no dejará huella ni recuerdo en la grandeza de la soledad natural que atraviesa. Por eso, cuando abandona el trazado de la carretera y se dirige hacia el final del paisaje, nada a su alrededor se inmuta.

Una figura sale de él para asomarse al borde de todo lo que existe, a ese final abrupto de la tierra que da paso al mar, allá abajo, muy abajo. Su fragilidad se hace notable al entrar en comparación con la naturaleza que la rodea, azotando su pelo, sus ropas, impregnándola de la humedad que flota en el aire.

El gris sigue aumentando su protagonismo, sobre su cabeza: en forma de algodones ensuciados… bajo sus pies: como espuma embravecida.

La figura permanece inmóvil sobre el acantilado, confundiéndose con la quietud que reina en la tierra, batiéndose con la agitación que mueve las aguas, sintiendo con la lentitud que empuja a la tormenta.

Su mirada se pierde entre matices de grises, esperando con paciencia a que la lluvia moje las huellas de ida y vuelta que sus pies dejarán tras su partida.

miércoles, 14 de julio de 2010

MUERTE EN SOLEDAD


Cuando entré por primera vez en la que, a partir de entonces, sería una más de las propiedades de mi familia, mi espíritu no soportó pesares distintos al del cansancio que el largo trayecto cabalgando le había inflingido. Ninguna sombra se abatió sobre mi alma, ningún presentimiento oscuro añadió peso a mis hombros y sin embargo… entre aquellas paredes de piedra enmohecida y cortinajes hechos jirones, la soledad de la noche se multiplicaba como por arte de alguna magia desconocida por los mortales de buenas costumbres.
La primera noche que pasé entre sus muros podría resumirse en una sola palabra: soledad.
Tan tremenda sensación para un hombre, familiar y acostumbrado al calor del hogar, como lo era yo hizo que las horas se arrastraran lentas y espesas, como el lodo que atrapa tus pies en los pantanos y evita tu avance. La soledad se pegó a mi piel, impidió que mis párpados descansaran y aumentó el eco que provocaban los latidos en mi pecho.

En el momento en que Mara, el ama de llaves contratada por mi padre, puso los pies en el suelo de la cocina, mi angustia se tornó palabras y le contaron lo pesaroso de mi noche pasada.
La buena señora, de alma cristiana y corazón piadoso, hizo dos veces la señal de la cruz antes de contarme lo que yo debería haber sabido antes de pernoctar en aquella casa, pero por lo visto, nadie había tenido a bien informarme de lo que hubiese acontecido tantos años antes.
Según la hábil narración de Mara, aquellas paredes estaban impregnadas de los sentimientos del hombre que las construyó.
_ Murió en la más tremenda de las soledades _ volvió a persignarse como si aquel gesto lo explicase todo.
Después de varias invocaciones al Espíritu Santo y llamamientos a algún que otro Santo, con menos abolengo pero con más tradición local de protectorado, conseguí que mi mente asimilara la historia de aquel hombre y de su muerte en soledad.

He de avisar a quien me lea, que la historia llegó a obsesionarme hasta tal punto que esa obsesión fue la que me llevó a un comportamiento que nunca, ni antes ni después, ha vuelto a repetirse en mi persona y en mis buenas costumbres.

El hombre que construyó la casa, se casó en segundas nupcias tras haber enviudado. La esposa era una joven, de buena familia y mejor presencia, nacida en el condado vecino.
Quiso el destino que ella contara 25 años y que el dueño y señor de aquella finca aportar al matrimonio un hijo de 20 años de edad, con mirada más profunda, carácter más dulce y atenciones para con la joven que ensombrecían las de su padre.
Las habladurías narran hasta el momento en el que ambos huyeron del lugar y el drama se cebó por partida doble contra el buen hombre: como padre deshonrado y como esposo despechado.
Cuentan que nunca volvió a vérsele fuera de la alcoba, la misma que yo ocupaba, hasta el día en que la muerte se apiadó de él y vino a buscarlo para acabar con la soledad en la que él mismo había decidido recluirse.

En cuanto la señora Mara me dio las buenas noches y tomó el oscuro camino que llevaba al pueblo, subí el candelabro a la alcoba y pude observar cómo la obsesión por aquel individuo se apoderaba de mi mente y de mi alma. ¿Qué podría empujar a un hombre cabal a dejarse morir en vida? ¿Qué fuerza desconocida lo había impulsado a aquella actitud estática en vez de tomar la decisión de perseguir a los amantes y dar debida cuenta de su venganza?
El cúmulo de preguntas sin respuestas y esa sensación pegada a cada porción de mi piel, hicieron que mi mirada, igual de trastornada que mi mente, comenzara a ver aquella habitación de forma diferente.
Ya no era una alcoba, era el lugar escogido para un encierro. Con la falta de volunta que aquel hombre había impuesto a sus movimientos y a su vida, hubiera sido exactamente igual si las ventanas hubiesen desaparecido de los muros. Si hubieses tapiado la puerta, el desenlace hubiera sido exactamente el mismo porque lo que su pena perseguía era una habitación cerrada… cerrada al mundo exterior y a su dolor interior.
Por un momento llegué a verlo, sentado en la mecedora sobre la que yo había puesto mi capa y mi sombrero. Estático, hierático, sin pestañear ante la entrada del sol entre las cortinas y sin molestarse en prender una mísera vela cuando la noche sumía su encierro en la más negra de las oscuridades. Siempre con la mirada fija en la misma pared.
Y entonces, mi mente perturbada y obsesionada, lo vio claro.
Bajé a la cocina, todo lo deprisa que podía correr sin que el aire movido por mi carrera apagara las velas del candelabro, y rebuscando en los cajones encontré un martillo, de dimensiones más escasas de las necesarias pero que ayudado por mi empeño podría servir.
Como si unas ansias desconocidas se hubieran apoderado de mis movimientos, la fuerza de mi brazo fue deshaciendo el muro que se interponía entre mi persona y mis temores a estar desvariando.
Introduje el candelabro por el hueco practicado y aparecieron ante mí: los dos amantes.
Entre cuatro muros que apenas dejaban espacio para la cama que los albergaba… dos cuerpos abrazados que presentaban en rictus típicos de los muertos ya descarnados, a quien su verdugo había tenido la deferencia de otorgar juntos el momento de su venganza.
Aquellos muros habían sido levantados alrededor de la cama, como si la tumba fuese el único tálamo que les fuera permitido. Una habitación cerrada para dos muertos que explicaba el misterio de la otra habitación, la que un muerto en vida consideraba su cámara cerrada.


sábado, 10 de julio de 2010

LA MUJER DEL PARCHE


Siempre me acompañó en la intimidad de mi cuarto, mirándome impasible desde la pared, como si ninguno de mis movimientos se escapara a la vigilancia de su único ojo.

Era una colorista interpretación del famoso retrato de la princesa de Éboli. Eso sí, una versión muy, muy libre ya que el autor tuvo la osadía de pintarla con colores estridentes, al más puro estilo Warhol. Por alguna razón, que nunca conseguí explicarme, mi madre pensó que aquella gama de bofetadas cromáticas quedaría perfecta en la decoración de mi dormitorio y el cuadro acabó rescatado de algún museo de monstruosidades para dar el toque de color en el desorden de un adolescente que no acababa de pillarle el punto a aquello del arte moderno.

Nunca me gustó pero, de alguna manera absurda, me recordaba a mi tía Encarna por lo que soportaba su presencia como una muestra de afecto hacia mi tía preferida.

Encarna era una mujer peculiar. Le gustaba enfundarse en ropas poco femeninas y perderse en la profundidad de algún coto privado con la única compañía de una escopeta. Su casa parecía un museo, estaba llena de animales disecados que te miraban fijamente y que daban la sensación de que se abalanzarían sobre los visitantes de un momento a otro.

No todos pueden presumir de una tía cazadora y eso la convirtió en mi tía preferida; mientras mis amigos contaban como las mujeres de sus familias chillaban y corrían ante la presencia de un diminuto ratón, yo me llenaba la boca enumerando los trofeos de caza que conseguía la valiente de mi tía.

La dureza caricaturizada de mi colorida princesa de Éboli concentrándose en su ojo sano, era la misma que yo le suponía a la tía Encarna cuando apuntaba a través de la mira telescópica y por eso la mujer del parche y mi tía siempre tuvieron algo en común aunque, de momento, sólo fuera percepción mía.

El día que me desprendí del cuadro, estaba seguro de que no extrañaría en absoluto a aquella mujer que me miraba con un solo ojo.

Fue mi regalo para la tía Encarna el día en que un desafortunado accidente cinegético la dejó sin su ojo derecho. Fue una especie de tributo a esa semejanza que yo siempre presentí y que, de alguna manera, el destino se encargó de realizar.

El vacío que dejó en la pared fue llenado por un póster de Eva Longoria que, por desgracia, no me recordaba a ninguna mujer de mi familia.

domingo, 4 de julio de 2010

ONCE METROS


Once metros pueden parecer miles y cuando esos metros son de cuerda, once son suficientes para distanciar dos mundos. Mi mundo está separado por un abismo de ese otro mundo, el de las sensaciones, un abismo de hilos y cuerdas que me alejan de poder sentir.

Once metros que me mantienen enredado en mi realidad y que me atan a la imposibilidad de corresponder a las sonrisas que provoca mi presencia.

Once metros de hilos que convierten mis deseos en anhelos soñados por un simple muñeco dirigido.

viernes, 2 de julio de 2010

TARDES DE SÁBADO



SÁBADO. 17 horas.


Un sábado más. La hora de costumbre y ella vuelve a estar donde siempre.
El mismo parque, el mismo banco, la misma mujer, la misma hora… sábado tras sábado la espera es la misma.
Observo desde lejos intentando descubrir lo que mantiene el equilibrio entre ella y el entorno, pero no hay nada que anuncie el motivo, el porqué para la rutina que ha impuesto a esas tardes.
Al principio pensé que era tan solo el producto de una casualidad, yo buscaba un personaje ofendido por el tiempo y ella era el retrato de lo que yo había esperado encontrar.
Su cabeza, sus hombros, su vestido de flores… todo aparecía ante mí de una forma extraña pero nítida, sin dejar lugar a dudas, salvo para mi parte racional, que se esfuerza en buscar excusas para no creer.
Su quietud es una imagen que rompe con la bulliciosa vida de alrededor. En torno a ella juegan niños, pasean jóvenes, charlan parejas maduras y hasta un par de jubilados discuten por un movimiento de ajedrez.
Hasta el árbol que la cobija en su sombra parece disfrutar más que ella de la vida que los rodea. Ella se limita a dejar pasar el tiempo.
Ha vuelto a hacerlo… interrumpe su quietud y se levanta del banco. Las seis en punto de la tarde.
Sus pasos son tranquilos, no arrastran prisas. Con movimientos serenos se aleja hasta desaparecer de mi vista.
En el fondo, sabía que hoy tampoco reuniría las fuerzas para abordarla… cogeré el camino de vuelta a casa y volveré el sábado que viene.
Después de todo, no tengo claro cómo contarle quién soy y que relación guardo con su vida.
¿Y si no quiere escucharme? Soy la prueba de que el desenlace de la historia no es el que esperaba, o al menos no es el que ella hubiese querido vivir.
Tal vez prefiera seguir esperando su sueño. Si aparezco y le hago ver que espera por un imposible… tal vez el dolor sea peor que la espera inútil.
Cuando la miro no me parece una persona triste, quizás está aferrada a esa esperanza y remover antiguas heridas la haga hundirse en una tristeza que ahora no siente.
Oculto tras mis gafas de sol lanzo una mirada al cielo.
_¡Menuda faena me dejaste!... estés dónde estés.
Con mis ganas de cumplir una promesa guardadas en el bolsillo, camino siguiendo un vestido estampado con flores que se confunde con el colorido de alrededor, y que acompaña su paseo con una sonrisa perpetua, casi asumida sin pensarla, y unos ojos mirando siempre al frente, viejos, cansados y empeñados en ver algo que su mente lleva años imaginando.
En su mirada se adivina la grandeza de sus recuerdos. Es como si su mente se hubiera parado en aquel momento de sus vivencias, como si no hubiera ni un antes ni un después, todo lo que quiere vivir es aquel preciso instante y aquella espera en el parque es la consecuencia inmediata.
Ahora identifico a esta mujer con aquella otra dama, la protagonista de la eterna espera en la historia que mi abuelo escribió a lo largo de su vida.
Las últimas visitas a este lugar me lo han dejado claro, nunca conseguí mirar más allá de lo que sus palabras contaban, no supe ver en sus ojos… y ahora ya es tarde para decirle que por fin lo entiendo y que en homenaje a sus recuerdos trataré de reunir fuerzas para contribuir a su sueño y ponerle un punto y final a la historia que nunca llegó a vivir.