sábado, 16 de junio de 2012

POCO QUE OFRECER



Se negaba a perderla.
_Te daré todo el oro que me pidas, más del que podrás imaginar.
_Todo lo que deseo de ti son caricias, Midas.



miércoles, 6 de junio de 2012

EL CALENDARIO DEL FIN DEL MUNDO

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta


Dedicó toda su vida al fin del mundo, a crear un calendario que predijese el momento exacto en el que todo dejaría de ser.
Se alejó de la sociedad que le había visto nacer para abstraerse de cualquier cosa que no fuera la soledad de su aislamiento, de cualquier voz que le alejara de la suya propia, de cualquier motivo que pudiera distraer su mente del objetivo que había impuesto a su voluntad.
Se rodeó de ausencias para concentrarse sólo en su tarea. Pasó años tomándole el pulso a las estrellas, transcribiendo el latido de las constelaciones; descifrando la crecida de las mareas, interpretando la danza de los mares bajo el influjo de la luna llena. Traduciendo el susurro cambiante de los vientos, anotando cada soplo, cada tempestad; trasladando el silencio estático de las rocas, desentrañando el lenguaje de la madre tierra.
Se volvió sabio en el transcurso de aquellas décadas pero malgastó cada minuto de su presente en pronosticar los minutos futuros... cada segundo de su vida en vaticinar el segundo del fin.
Cuando sus ojos repararon en la visión de la obra completada, el peso de una certeza se hundió sobre sus hombros. Nunca vería su ciencia convertida en verdad y, por muy obvio que esto pudiera parecer a ojos ajenos, era la certeza más dolorosa que había adquirido nunca.
Su tiempo se acababa y después de toda una vida dedicada al fin del mundo, no lo vería porque su propio mundo, ese del que había llegado a olvidarse, alcanzaba su fin y comenzaba a dejar de respirar.
Por primera vez se paró a pensar en él, en todo lo que había sido... en todo lo que no había sido... en todo lo que ya no podría ser.
Fue consciente de que las generaciones venideras olvidarían su nombre y la Historia no recordaría al sabio que, tras averiguar en qué fecha acabaría el mundo, murió siendo consciente de que se lo perdería.
Su último parpadeo de despedida le llegó con la idea de que el polvo de sus huesos se mezclaría con la duda eterna de si su ciencia llegaría a convertirse en certeza.